El espacio donde vivimos, trabajamos y nos reunimos lo diseñan arquitectos. Pero quién diseña qué no lo decide el mérito — lo decide quién conoce a quién. Eso es un fallo de mercado. Y los fallos de mercado se arreglan con protocolo.
Las grandes promotoras tienen sus arquitectos de cabecera, sus estudios de confianza, su red. El promotor privado mediano se conforma con el de siempre o con el más barato. Landway cambia eso: el tamaño del encargo no determina la calidad del arquitecto al que tienes acceso.
Una propuesta es una obra. Tiene autor. Tiene fecha. Y merece protección desde el momento en que existe, no desde el momento en que se firma un contrato. Cada propuesta subida a Landway se sella con un hash SHA-256 y un timestamp inmutable. Antes de que nadie la vea. Siempre.
El anonimato durante el concurso no es un truco técnico — es un principio. Si el promotor sabe el nombre del estudio antes de leer la propuesta, ya no está evaluando arquitectura: está evaluando reputación. Landway evalúa arquitectura.
No hacemos concursos de ideas. Hacemos concursos con encargos reales: suelo verificado, promotor verificado, presupuesto definido, honorarios sobre la mesa. Un arquitecto que gana en Landway gana un proyecto real, no una mención honorífica.
El promotor publica los honorarios máximos que ofrece. El arquitecto decide si compite. No hay negociación opaca, no hay regateo informal, no hay sorpresas. Los honorarios están sobre la mesa desde el primer momento.
El chat interno no es una cortesía — es una garantía. Mientras no hay acuerdo formal, los datos de contacto de ambas partes están bloqueados en la plataforma. Cualquier intento de saltarse ese canal es una violación de los términos. Lo hacemos así para proteger a todos.
No cobramos nada durante la fase MVP. No porque no tengamos modelo de negocio — lo tenemos. Lo hacemos porque queremos que promotores y arquitectos prueben la plataforma sin fricción, y porque creemos que si la calidad del protocolo es real, los usuarios vuelven. Y traen a otros.